Castilla no es España

Con este título provocador pretendo reflexionar sobre la apropiación de España por parte de una de sus regiones, como han hecho la Unión Europea o los Estados Unidos de Norteamérica con el resto del continente.

El rey Jaime I de Aragón habla en sus memorias de los cinco reinos de España: corona de Castilla, reino de Portugal, reino de Navarra, reino de Granada y corona de Aragón. Para él, España es una entidad física, no política. Ha llovido mucho desde entonces y Portugal ha dejado de pertenecer a España físicamente -ahora, si queremos englobar al país vecino, hablamos de península ibérica. Parece que, no obstante, hay quien reduciría todavía más el alcance del término España.

Si mantuviéramos la acepción medieval podríamos limar asperezas entre los pueblos de España y percatarnos de que tenemos los mismos derechos colectivos, y no hay motivo por el que establecer superioriades. Quedaría claro que España es un territorio formado por naciones distintas que se deben mutuo respeto, como buenos vecinos, y que los catalanes, por ejemplo, pueden ser españoles porque nadie les obliga a ser castellanos ni asturianos, por decir algo. Quedaría claro que pretender homogeneizar la periferia con la mentalidad de la meseta es un error y un abuso que ha quedado normalizado subrepticiamente en la política de los últimos siglos, por una simple voluntad de dominio. Cada región vive como sabe y sabe mejor que otra lo que le conviene: no hay motivo por el que ninguna deba decidir sobre el futuro de la otra. Decía Paquito: “Españoles todos”. Sí, pero no gallegos, católicos o falangistas como él y por obligación. Eso pertenece al pasado.

¿Cuestión de palabras? No del todo. Rusia forma parte de Europa, pero nos han acostumbrado tanto a identificar el continente con el gobierno de la UE, que ya casi tenemos a Putin por mongol y a Rusia por una nación de sanguinarios venidos de la estepa, cuando la cultura rusa sobrepasa a la nuestra con creces (el 60 % de las mujeres rusas ha estudiado en la universidad).

Me interesa resaltar y reflexionar sobre ese desliz de significado que esconde una real apropiación de territorios. Si conservamos un concepto menos tendencioso y llamamos a las cosas por su nombre, posibilitaremos el diálogo y la conexión entre las partes, en lugar de establecer relaciones de dominio y opresión entre países o regiones que deben considerarse con los mismos derechos.

La unión no tiene por qué fundamentarse en la falacia de la homogeneidad: España no debería ser España porque todos hablemos castellano o tengamos el mismo rey, la misma religión y nos tomemos medio hora diaria de descanso laboral para comernos el bocata; España debería y podría ser mucho más: el respeto mutuo de tradiciones, lenguas, historia y costumbres reflejadas en legislaciones diferentes. Aún más: la defensa de esa diversidad; eso debería ser España. Si un ilicitano no decide del destino de la política municipal de Salamanca, ni un miembro de comunidad de Cantabria se mete en los asuntos de Galicia, ¿por qué debe un castellano decidir sobre lo que se hace en Bilbao? De tanto identificar España con Castilla, muchos catalanes han decidido que no son españoles, como si ahora los albaneses decidieran dejar de ser europeos. Por mucho que lo intentaran, no podrían. A lo sumo, dejarían de tener asiento en el Consejo de Europa, en la Comisión o en el Parlamento, pero eso es otra historia. Una institución no tiene derecho a apropiarse de un territorio ni de un país; en todo caso, lo administra, pero, en ningún caso, le es propiedad. La noción de Estado absoluto moderna significa un retroceso en las libertades no solo individuales, sino de los pueblos. Fíjense en lo que ha sucedido en Francia, por ejemplo, donde, con la excusa de la república, el poder estatal aniquiló las divergencias nacionales y homogeneizó regiones tan dispares como la Bretaña y Alsacia. Hoy día sus diferencias se reducen, poco más o menos, a la marca de sus quesos. Afortunadamente, aquí no hemos llegado a ese extremo de aculturación. No es de extrañar que vuelva la concepción girondina y regionalista de la república francesa, por encima de la jacobinista centralista que el país vecino lleva sufriendo desde la Revolución. Y es que concentrar el poder en manos de un solo individuo o de un solo pueblo requiere de una dosis de violencia que no siempre será posible ejercer, a parte de que crea una tensión innecesaria en las relaciones entre pueblos. El ejemplo de tolerancia suizo me parece ejemplar. Su modelo de confederación les lleva funcionando desde que se estableció y no oigo hablar de fricciones entre el pueblo germano-suizo, el italiano-suizo o el franco-suizo (hablo de fricciones no individuales, entre personas, sino en el ámbito colectivo). Seguro que la libertad con que han gozado de sus derechos nacionales les ha supuesto un motivo más para proteger la confederación. España no siguió este camino porque, defiendo, una región se apropió de todo el territorio. A los castellanos les escocerá que se lo diga; no se preocupen, seguro que a muchos catalanes les escocerá que yo los considere españoles. Pero es que no estoy aquí para complacer a nadie, sino para decir las cosas como las entiendo en este momento. Puede que, dentro de un tiempo, con mayor sabíduría, las entienda mejor. O igual alguien me ilumine. El caso es que, si tenemos que entendernos, deberíamos partir de una base común. Ser español puede constituir esa base, si aceptamos el concepto de España como ente territorial y nada más. Definir la forma de gobierno de España; las relaciones entre sus pueblos; qué lenguas hablar y si debemos ir a los toros son cuestiones que deberían tratarse con el máximo respeto a la condición de español de la que gozamos todos, según la cual, nadie es más que nadie ni un pueblo más que otro.

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